5. Anuncio a los pastores (Valtorta)
Contemplación del misterio
«Veo extensos campos. La Luna está en su cénit surcando tranquila un cielo colmado de estrellas. Parecen bullones de diamante hincados en un enorme palio de terciopelo azul oscuro; la Luna ríe en medio con su carota blanquísima de la que descienden ríos de luz láctea que pone blanca la tierra. Los árboles, desnudos, sobre este suelo emblanquecido, parecen más altos y negros; y los muros bajos, que acá o allá se levantan como lindes, parecen de leche […]
Del interior de un cercado viene, de tanto en tanto, un balar intermitente y breve. Deben ser ovejas que sueñan, o que quizás creen que pronto se hará de día, por la luz que da la Luna; una luz que es tan intensa que incluso es excesiva y que aumenta como si el astro se estuviera acercando a la Tierra o centellease debido a un misterioso incendio.
Un pastor se asoma a la puerta, se lleva un brazo a la frente para proteger los ojos y mira hacia arriba. Parece imposible que uno tenga que proteger los ojos de la luz de la Luna, pero, en este caso es tan intensa que ciega, especialmente si uno sale de un lugar cerrado oscuro. Todo está en calma, pero esa luz produce estupor.
El pastor llama a sus compañeros. Salen todos a la puerta: un grupo numeroso de hombres rudos, de distintas edades […] Comentan este hecho extraño. Los más jóvenes tienen miedo, especialmente uno, un chiquillo de unos doce años, que se echa a llorar […]
-¿A qué le tienes miedo, tonto? -le dice el más viejo – ¿No ves qué serenidad en el ambiente? ¿No has visto nunca resplandecer la Luna? […]
Pero el pastorcillo ya no le está escuchando. Parece haber perdido todo temor. De hecho, alejándose del umbral de la puerta […] sale al redil herboso que está delante del cobertizo. Mira hacia arriba y se pone a caminar como un sonámbulo, o como uno que estuviera hipnotizado por algo que le embelesara.
Llegado un momento grita: -¡Oh!- y se queda como petrificado, con los brazos un poco abiertos. Los demás se miran estupefactos […]
– Allí, allí -susurra sonriendo- Más arriba del árbol, mirad esa luz que se está aproximando. Parece como si siguiera el rayo de la Luna. Mirad. Se acerca. ¡Qué bonita es! […]
– ¡Es un… es un ángel! – grita el niño.
– Mirad, está bajando, y se acerca… ¡De rodillas ante el ángel de Dios!
Un «¡oh!» largo y lleno de veneración se alza del grupo de los pastores, que caen rostro en tierra […]
– No temáis. No vengo como portador de desventura, sino que os traigo el anuncio de un gran gozo para el pueblo de Israel y para todo el pueblo de la tierra- La voz angélica es como una armonía de arpa acompañada del canto de gargantas de ruiseñores.
– Hoy en la ciudad de David ha nacido el Salvador.
Al decir esto, el ángel abre más las alas, y las mueve como por un sobresalto de alegría, y una lluvia de chispas de oro y de piedras preciosas parece desprenderse de ellas. Un verdadero arco iris de triunfo sobre el pobre redil.
– … el Salvador, que es Cristo – El ángel resplandece con mayor luz. Sus dos alas, ahora ya detenidas, tendiendo su punta hacia el cielo, como dos velas inmóviles sobre el zafiro del mar, parecen dos llamas que suben ardiendo.
– … ¡Cristo, el Señor! – El ángel recoge sus dos fulgidas alas y con ellas se cubre […], se inclina como adorando, con las manos cruzadas sobre su corazón; su rostro, inclinado sobre su pecho, queda oculto entre la sombra de los vértices de las alas recogidas. No se ve sino una oblonga forma luminosa, inmóvil durante el tiempo que dura un «Gloria».
Se mueve de nuevo. Vuelve a abrir las alas, levanta ese rostro suyo en que luz y sonrisa paradisíaca se funden, y dice:
– Lo reconoceréis por estas señales: en un pobre establo, detrás de Belén, encontraréis a un niño envuelto en pañales en un pesebre, pues para el Mesías no había un techo en la ciudad de David – El ángel se pone serio al decir esto; más que serio, triste.
Y del Cielo vienen muchos —¡oh, cuántos!— muchos ángeles semejantes a él, una escalera de ángeles que desciende exultando y anulando la Luna con su resplandor paradisíaco, y se reúnen en torno al ángel anunciador, batiendo las alas, emanando perfumes, con un arpegio de notas en que las más hermosas voces de la creación encuentran un recuerdo […]
Aquí la melodía es el esfuerzo de la música para hacer resplandecer ante los hombres la belleza de Dios; y oír esta melodía es conocer el Paraíso, donde todo es armonía de amor, que de Dios emana para hacer dichosos a los bienaventurados, y que de éstos va a Dios para decirle: «¡Te amamos!».
El «Gloria» angélico se extiende en ondas cada vez más vastas por los campos tranquilos, y con él la luz. Las aves unen a ello un canto que es saludo a esta luz precoz, y las ovejas sus balidos por este sol anticipado. Mas a mí, como ya con el buey y el asno en la gruta, me place creer que es el saludo de los animales a su Creador, que viene a ellos para amarlos como Hombre además de como Dios».
(Extractos de Maria Valtorta, «30. El anuncio a los pastores, que vienen a ser los primeros adoradores del Verbo hecho Hombre», en El evangelio como me ha sido revelado, vol. I)
Meditación
«No es cierto que nadie podía darse cuenta. (…) Pero era un signo tan imperceptible que exigía la sencillez e ingenuidad de los ojos de los pastores que se abrían de par en par, o la grandeza del alma de los Reyes Magos: ¡grandes como niños! Debemos prestar atención porque también en nuestra vida sucede lo mismo. El Señor se revela en nuestra vida hasta la persuasión clara y completa, que asegura a nuestra existencia un horizonte de certeza, de sentido, de equilibrio; que asegura una intensidad amorosa con todas las cosas y hace que nuestra vida se abra de par en par al mundo, que es el espacio del Reino de Dios.
¿Dónde edifica el Señor la demostración última de su dominio?
En cada uno de nosotros. Lo ha iniciado en nosotros como un gesto, como una palabra, como una pequeña llamada, frágil, casi irreconocible en su verdad y poder irreductible, como una semilla dentro de la tierra. El Señor usa este método. Y san Pablo nos lo recuerda muchas veces. El Señor usa este método para demostrar que el poder no es nuestro, no está en nuestra inteligencia; no es nuestra fuerza, sino su Poder. De la nada ha hecho todo, del soplo de una palabra que nos toca creó esta fe que se atreve a esperar una madurez mayor, esta fe que se atreve a esperar un afecto nuevo, esta fe que se atreve a esperar vivir en nuestra vida, siendo útil a la sociedad y al mundo. Útil en el sentido definitivo, es decir, en función del Reino de Dios».
(Luigi Giussani, «Belén», en Luigi Amicone, Tras las huellas de Cristo. Viaje a Tierra Santa con Luigi Giussani, Madrid, Asociación Construyendo Puentes / Ediciones Encuentro, 2009, pp. 123-127)




1. La Anunciación (Valtorta)
2. Visitación de Nuestra Señora (Valtorta)
3. La llegada a Belén (Valtorta)
4. Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo (Valtorta)
5. El anuncio a los pastores (Valtorta)
6. Presentación en el templo (Valtorta)
7. Adoración de los magos (Valtorta)
1. La Resurrección -Aparición a la Virgen María – (Valtorta)
2. Aparición a los discípulos de Emaús (Valtorta)