7. Adoración de los magos (Valtorta)
Contemplación del misterio
«Ahora es de día. Un hermoso sol resplandece en el cielo de la tarde […]
Salen los tres Sabios, cada uno seguido de su propio paje. Atraviesan la plaza. Los escasos transeúntes se vuelven a mirar a estos pomposos personajes que pasan muy lentamente, con solemnidad […] Los tres están vestidos aún más ricamente que la noche precedente. Las sedas resplandecen, las gemas brillan…
Suben por la escalera y entran […] María está sentada con José, en pie, a su lado. Tiene al Niño en su regazo. No obstante, cuando ve entrar a los tres Magos, se levanta y hace una reverencia.
Está toda vestida de blanco. ¡Qué hermosa, con su sencillo vestido blanco que la cubre desde la base del cuello hasta los pies, desde los hombros hasta sus delgadas muñecas; qué hermosa, con su cabeza pequeña coronada de trenzas rubias, con ese rostro suyo más vivamente rosado por la emoción, con esos ojos que sonríen dulcemente, con esa su boca que se abre para saludar diciendo: «Dios sea con vosotros»!
Tanto es así, que los tres Magos, impresionados, se detienen un instante. Pero luego caminan otro poco y se postran a sus pies. Le ruegan que se siente […]
Los tres Sabios contemplan al Niño, que creo que puede tener de nueve meses a un año, pues su aspecto es muy vivaz y pujante; está sentado sobre el regazo de la Virgen, y sonríe y balbucea con una vocecita de pajarillo. Está vestido todo de blanco como su Mamá […]
El más anciano de los Sabios toma la palabra en nombre de los tres, para explicarle a María que durante una noche del pasado diciembre vieron encenderse una nueva estrella en el cielo, de inusitado esplendor. Jamás las cartas del cielo habían registrado ese astro, jamás lo habían mencionado. No se conocía su nombre, porque no lo tenía.
Nacida, entonces, del seno de Dios, esa estrella había brillado para manifestar a los hombres una bendita verdad, un secreto de Dios. Pero los hombres no le habían prestado atención, porque tenían hundida el alma en el fango; no alzaban la mirada hacia Dios y no sabían leer las palabras que Él escribe […] con astros de fuego en la bóveda del cielo.
Ellos la habían visto y se habían esforzado por entender su voz. Y, perdiendo contentos el poco sueño que concedían a sus miembros, y aun olvidándose del alimento, se habían sumido en el estudio del zodiaco; las conjunciones de los astros, el tiempo, la estación, el cálculo de las horas pasadas y de las combinaciones astronómicas les habían dicho el nombre y el secreto de la estrella. Su nombre: «Mesías»; su secreto: «ser el Mesías venido al mundo».
Y se habían puesto en camino para adorarlo. Cada uno de ellos sin que los otros lo supieran. Por montes y desiertos, por valles y ríos, viajando incluso durante la noche, habían venido hacia Palestina, porque la estrella se movía en esa dirección […] Se habían encontrado después del Mar Muerto. La voluntad de Dios los había reunido allí, y juntos habían continuado, comprendiéndose a pesar de que cada uno hablaba su propia lengua, y comprendiendo y pudiendo hablar la lengua del país por un milagro del Eterno.
Juntos se habían dirigido a Jerusalén, dado que el Mesías debía ser el Rey de esta ciudad, el Rey de los judíos; pero en el cielo de esa ciudad la estrella se había ocultado, sintiendo ellos rompérseles de dolor el corazón, y se habían examinado para saber si quizás se hubieran hecho indignos de Dios.
Pero, habiéndolos tranquilizado su conciencia, fueron a donde el rey Herodes para preguntarle en qué palacio había nacido el Rey de los judíos que ellos habían venido a adorar. El rey, convocados los príncipes de los sacerdotes y los escribas, había interrogado acerca del lugar en que podía nacer el Mesías, a lo que éstos habían respondido: «En Belén de Judá».
Y habían venido hacia Belén. La estrella, dejada ya la Ciudad santa, había aparecido de nuevo ante sus ojos, y, de noche, el día anterior había aumentado sus resplandores: el cielo todo era un fuego; luego se había parado sobre esta casa, reuniendo toda la luz de las otras estrellas en su haz luminoso. Así, habían comprendido que ahí estaba el Nacido divino.
Y ahora lo estaban adorando, ofreciendo sus pobres presentes y, sobre todo, su propio corazón, el cual jamás cesaría de bendecir a Dios por la gracia concedida y de amar a su Hijo, cuya santa Humanidad estaban viendo […]
– Este es el oro que a todo rey corresponde poseer; esto, el incienso, como corresponde a Dios; y esto, ¡oh Madre!, esto es la mirra, porque tu Hijo es, además de Dios, Hombre, y habrá de conocer, de la carne y de la vida humana, la amargura y la inevitable ley de la muerte. Nuestro amor quisiera no pronunciar estas palabras y concebirlo eterno también en la carne como eterno es su Espíritu. Pero, ¡oh Mujer!, si nuestros mapas, y, sobre todo, nuestras almas, no yerran, Él es, este Hijo tuyo, el Salvador, el Cristo de Dios, y, por tanto, deberá, para salvar a la Tierra, cargar sobre sí mismo el peso del mal de la Tierra, uno de cuyos castigos es la muerte. Esta resina es para esa hora, para que la carne santa no conozca la podredumbre de la corrupción y conserve la integridad hasta su resurrección. ¡Y que por este presente nuestro Él se acuerde de nosotros y salve a sus siervos dándoles su Reino! […]
María, que ha superado la turbación suscitada por las palabras del Sabio y ha celado la tristeza de la fúnebre evocación bajo una sonrisa, ofrece el Niño. Lo deposita en los brazos del más anciano, que lo besa».
(Extractos de Maria Valtorta, «34. Adoración de los Magos. Es «evangelio de la fe»», en El evangelio como me ha sido revelado, vol. I)
Meditación
«¿Por qué se manifestó a los Magos? La Epifanía en la historia de la Iglesia ha sido siempre la fiesta misionera por excelencia; y no es casual que se identificase la Navidad con la Epifanía, es decir, con la primera manifestación de Dios entre nosotros, del Dios-hombre en el mundo. La vida de Cristo no era suya, era para la misión. La vida de María no fue suya, fue para la misión […]
¿Con qué modalidad se desarrolla esta semilla y se revela a los ojos del mundo? […] Con el testimonio. Dar testimonio es una actitud, tanto en la vida como en la muerte: vida y muerte no tendrían significado si no existiese Cristo. Debemos tratar de desarrollar la semilla que ha sido plantada en la tierra de nuestra humanidad, porque nada corresponde más a nuestra humanidad que esta semilla. Su casa es nuestra humanidad, es la casa de la palabra de Dios; de esta realidad humana hemos oído decir: «Todo se hizo por medio de Él y nada de lo que existe se hizo sin Él». Por eso debemos valorar el tiempo y no debemos apreciar nuestro hacer sino desde este punto de vista del testimonio.
Y también el testimonio sigue el método de Dios: no es algo excepcional y clamoroso, sino un estar ante nuestros ojos […]. Puede ser el testimonio de una mujer realizando las tareas de casa, o una madre o un padre que miran a sus hijos, o el modo con que un hombre o una mujer realizan su trabajo cotidiano, el modo con el que se siente crecer la propia pobreza hora tras hora, mirando sin escándalo ni humillación la propia fragilidad, pues todo el contenido de su conciencia está fijo en esta evidencia de pertenencia. Nuestra vida pertenece a Aquel que ha venido y se ha puesto en la historia como una semilla invisible. Durante mucho tiempo parecía estar olvidado pero si se desarrolla irrumpiendo en el tiempo y en el espacio, así es como se ha hecho evidente que no existe salvación en el mundo fuera de este Hombre. El tiempo mismo se comienza a contar desde el hecho de su nacimiento.
Una vez más la sabiduría suprema es la de hacerse niños como Él nos pidió. (…) Debemos ser testigos, sencillamente una ofrenda sin límite a Aquel que es padre y madre de nuestra vida, al padre y a la madre que no tienen parangón, porque somos completamente y totalmente suyos, todo suyos».
(Luigi Giussani, «Belén», en Luigi Amicone, Tras las huellas de Cristo. Viaje a Tierra Santa con Luigi Giussani, Madrid, Asociación Construyendo Puentes / Ediciones Encuentro, 2009, pp. 123-127)




1. La Anunciación (Valtorta)
2. Visitación de Nuestra Señora (Valtorta)
3. La llegada a Belén (Valtorta)
4. Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo (Valtorta)
5. El anuncio a los pastores (Valtorta)
6. Presentación en el templo (Valtorta)
7. Adoración de los magos (Valtorta)
1. La Resurrección -Aparición a la Virgen María – (Valtorta)
2. Aparición a los discípulos de Emaús (Valtorta)