La importancia del mensaje de Fátima para nuestro tiempo

Han sido reiteradas las apariciones marianas a lo largo del siglo XX, todas ellas de carácter privado, pero con resonancia eclesial, algunas de ellas más recientes como las apariciones de Lourdes, La Virgen de la Salette, Medjugorje, etc.; la más cercana para nosotros, las apariciones reiteradas de la Virgen en Fátima, en Cova da Iria, Portugal, en 1917, reconocidas por la autoridad de la Iglesia, avaladas por los Papas; aunque no añadan nada nuevo al depósito de la fe, vienen a ayudar a vivir más plenamente la Revelación definitiva de Cristo. 

Pero hay que aproximarse a las apariciones de Fátima, como San Ignacio aconseja en sus ejercicios, no tanto por lo que digamos ahora, sino por lo que facilita su comprensión, la contemplación, el silencio, la oración, de corazón a corazón, con la adecuada composición de lugar, dice el santo. En sus personajes, Lucía (10 años), Francisco (9 años) y Jacinta (7), unos sencillos pastores, que atienden a los rebaños de sus familias en un pueblo olvidado, Cova de Iria, y por lo tanto en un lugar apartado, dentro de una realidad social muy condicionada. Puestos a imaginar las cosas de Dios siempre nos sorprendemos. También el tiempo en el que sucede: el final de una I Guerra Mundial, que todo el mundo desea, y sobre todo los mensajes que van a recibir de la Reina del cielo, la primera confirmación anunciada tiene su cumplimiento en los años siguientes: la muerte anticipada de Francisco, el 4 de abril de 1919 y Jacinta, el 20 de febrero de 1920.

Aquel itinerario de siete apariciones que conmovió al mundo, desde entonces ha movido a millones de peregrinos. Fue notorio su carácter público y manifiesto. En la primera aparición Lucía escribe lo que ven:

Una Señora vestida de blanco, más brillante que el sol, esparciendo luz más clara e intensa que un vaso de cristal lleno de agua cristalina atravesado por los rayos más ardientes del sol. Estábamos tan cerca que quedamos dentro de la luz que Ella irradiaba. 

Los mensajes resumidos de esos días son nítidos y sencillos, coloquiales. Disipa temores de los niños: «¡No tengáis miedo… soy del Cielo!». Hay por parte de ellos unas preocupaciones latentes y espontáneas: «¿Usted me sabe decir si la guerra aún durará mucho tiempo o se acabará en breve?». Y en la Virgen una pregunta:

«¿Queréis ofreceros a Dios para soportar todos los sufrimientos que Él quisiera enviaros como reparación de los pecados con que Él es ofendido» (13 de mayo de 1917). 

En las siguientes apariciones, como continuación de la primera, se irá desgranando el modo y lo que la Virgen espera de aquellos corazones infantiles. Jesús quiere servirse de ellos para dar a conocer y amar a la Señora, y establecer en el mundo la devoción a su Corazón (13 de junio), para salvar las almas de los pobres pecadores (13 de julio), oración y sacrificio (19 agosto), rezar el rosario para alcanzar el fin de la guerra (13 septiembre), levantar una capilla en honor de la Sra., insistencia en el Rosario, y en el desagravio a nuestro Señor (13 de octubre).

En la aparición del 13 de julio de 1917 en Fátima, la Virgen anunció a los tres pastorcitos: «Vendré a pedir la consagración de Rusia a mi Inmaculado Corazón y la comunión reparadora de los primeros sábados». Se ha relacionado Fátima con Juan Pablo II y la caída del imperio soviético. Lo que sí sabemos con certeza es el intento de su asesinato en la Plaza de San Pedro el 13 de mayo de 1981, festividad de la Virgen de Fátima. Conmovió a la catolicidad y al mundo entero. Eran las 17.19 horas cuando Juan Pablo II, El Papa del Totus tuus, ¡María! se desplomaba en el auto descubierto, con un disparo en el abdomen. Si una mano quiso matarlo, otra más poderosa desvió la bala, salvándole la vida. Wojtyla no dudó en atribuirlo a la intervención de la Virgen. ¡Cuántas gracias sumadas desde aquel inicio de 1917!

El Tercer secreto de Fátima

Una pregunta recurrente giró en torno al contenido del Tercer secreto de Fátima, revelada a los videntes el 13 de julio de 1917 en Cova da Iria, pero guardada por la Iglesia Católica hasta el año 2000. El cardenal Ratzinger, siendo Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, dio su opinión al respecto: 

«El llamado a la penitencia es una exhortación a comprender los signos de los tiempos y a la conversión. También es la respuesta a un momento histórico determinado que se caracteriza por grandes dificultades. La penitencia y la oración tienen el poder de cambiar las predicciones hacia el bien».

«En la visión -sigue diciendo Ratzinger-, podemos reconocer el siglo pasado como siglo de los mártires, como siglo de los sufrimientos y de las persecuciones contra la Iglesia, como el siglo de las guerras mundiales y de muchas guerras locales que han llenado toda su segunda mitad y han hecho experimentar nuevas formas de crueldad. En el ‘espejo’ de esta visión vemos pasar a los testigos de la fe de decenios», indicó. «Ningún sufrimiento es en vano. Porque la sangre de los mártires purifica y renueva. De ahí se levantará una Iglesia triunfante. También, la sangre derramada sobre la cruz representa la vivencia actual del sufrimiento de Cristo y la promesa de salvación». ¡Qué fotografía del mundo de hoy!

Un hecho singular revelado por Lucía

Lucía falleció en el 2005, año también del fallecimiento de san Juan Pablo II. Hay un hecho singular muy poco conocido referido a ella. El cardenal arzobispo de Bolonia Carlo Cafarra, en 1981 se había dirigido a Sor Lucía en demanda de oraciones para una encomienda apostólica que Juan Pablo II había puesto en sus manos (La fundación del Instituto en Ciencias del matrimonio y de la familia) y ésta respondió con una larga carta autógrafa, con una referencia muy precisa:

El choque final entre el Señor y el reino de Satanás estará sobre la familia y sobre el matrimonio. No tengas miedo -añadió-, muchos trabajan contra la santidad del matrimonio y la familia, que siempre estará dividida y atacada en todos los sentidos, porque este es el punto decisivo. -Y luego concluyó-: pero la Virgen ya le aplastó la cabeza.

Somos conscientes muchos años después de esta realidad dolorosa: el horizonte martirial de la Iglesia y las amenazas que se ciernen sobre la familia humana y en especial sobre la pequeña familia doméstica, el sinfín de guerras y conflictos. Amenazas reales que coinciden con un proceso evidente de secularización que se acentúa de distintos modos y latitudes. Y que presagian una noche martirial de persecución religiosa, ya de facto en numerosos países, y con leyes inauditas e implacables nacidas de la ideología woke. La secularización en efecto no sólo ha vaciado los seminarios, sino también las Iglesias; el impacto del divorcio, las parejas de hecho, el derecho al aborto, el invierno demográfico, los vientres de alquiler, la eutanasia, el suicidio, condenan a la sociedad a un futuro individualista, hedonista, y sin sentido. Nos podemos poner las gafas de no ver, pero la presencia del mal es evidente, es la tentación al borde del camino, superada cada día y cada instante por la esperanza cristiana, de la cual nuestra querida Madre es la estandarte. En realidad, si somos sinceros, el problema que hoy nos desborda, no es ajeno a nosotros, está en nuestro propio corazón. Pero Ella nos conduce hacia fuentes tranquilas y repara nuestras fuerzas. El Apocalipsis en cualquier nos previene contra nuestra indolencia:

«Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor. Recuerda, por tanto, de dónde has caído, y arrepiéntete, y haz las primeras obras, pues si no, vendré pronto a ti, y quitaré tu candelero de su lugar, si no te hubieres arrepentido» (Ap. 2, 4-5).

Benedicto XVI nos reconduce a lo esencial en esta construcción.

El cristiano sólo puede expresar su opción fundamental de vida, con una afirmación que es un acto de fe: “Hemos creído en el amor de Dios”. “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”. 

Sí, la Iglesia es la gran familia de los hijos de Dios, es el lugar seguro, donde la pequeña familia, la de cada uno de nosotros como iglesia doméstica puede vivir.

Juan Pablo II nos introduce en esa novedad encarnada: Cristo, Verbo encarnado, nos «amó con un corazón de hombre», nos asegura que «su mensaje, lejos de empequeñecer al hombre, difunde luz, vida y libertad para el progreso humano y, fuera de Él, nada puede llenar el corazón del hombre» (cfr. Gaudium et spes, 21). Desde Paray –le-Monial -continúa Juan Pablo el 5 de octubre de 1986-:

«Junto al Corazón de Cristo, el corazón del hombre aprende a conocer el sentido verdadero y único de su vida y de su destino, a comprender el valor de una vida auténticamente cristiana, a evitar ciertas perversiones del corazón humano, a unir el amor filial hacia Dios con el amor al prójimo. Así —y ésta es la verdadera reparación pedida por el Corazón del Salvador— sobre las ruinas acumuladas por el odio y la violencia, se podrá constituir la tan deseada civilización del amor, el reino del Corazón de Cristo». 

La consagración de Rusia al Inmaculado Corazón.

Pertenece a la esencia de las apariciones, pendiente de una decisión eclesial que tardó en llegar. Su itinerario se ha ido confirmando de modo progresivo. En una revelación privada a Sor Lucía, que tuvo lugar el 13 de junio de 1929 en el monasterio de Tuy, la Virgen le dijo: «ha llegado el momento en que Dios pide al Santo Padre que haga, en unión con todos los Obispos del mundo, la Consagración de Rusia a Mi Inmaculado Corazón; prometiendo salvarla por este medio». Era el pontificado de Pio XI (1922-1939), y no había llegado el tiempo todavía. Fue Pío XII en 1952 quien llegó a consagrar Rusia al Corazón Inmaculado de María, pero sin llegar a unir a los Obispos del mundo a su acto. Juan Pablo II realizó el 25 de Marzo de 1984 en unión espiritual con todos los obispos del mundo, la consagración al Corazón Inmaculado con la siguiente fórmula, con la omisión de Rusia, haciéndola extensiva a todo el mundo.

«Queremos unirnos a Nuestro Redentor en esta consagración por el mundo y por los hombres, la cual en su Divino Corazón, tiene la fuerza de obtener el perdón y de procurar la reparación».

El Papa Francisco consagró finalmente Rusia y Ucrania al Inmaculado Corazón de María, el viernes 25 de marzo del 2022, durante la Celebración de la Penitencia presidida a las 17.00 horas en la Basílica de San Pedro. El mismo acto, el mismo día, tenía lugar en Fátima por Su Eminencia el Cardenal Krajewski, Limosnero Apostólico, como enviado del Santo Padre.

El mensaje de Fátima nos recuerda algunos elementos esenciales:

*El carácter reparador de la redención de Cristo, en un mundo de gracia, de la divina gracia, y de pecado, el propio de nuestra condición herida, cargada de fragilidad, pero también inundada de gozo y esperanza. Por el sacramento del matrimonio la familia ejerce desde su condición de bautizados, su propio cometido sacerdotal, en la oración, en el ofrecimiento de la propia vida y en los sacramentos.

*El papel esencial de María como Auxiliadora en la Redención de su hijo. El gozo y la esperanza del Concilio pasa por la conversión, y la sabiduría del corazón, María es el camino más inmediato que nos lleva a Cristo y con Él un nuevo modo de vivir. 

*Fátima es un lugar de sanación increíble, donde curar las heridas del camino, es una luz poderosa para todo el que quiera caminar bajo la protección de María, identificado con la acción redentora de Cristo, a semejanza del Fiat de María y su Stabat al pie De la Cruz. 

*Lucía en 1981 vincula el mensaje de Fátima con las amenazas que se ciernen sobre la familia humana. La santidad de la familia es una exigencia ineludible de la vida cristiana. Sin la aspiración a la santidad la familia es una ruina, como se evidencia en la actualidad. Familia que reza unidad permanece unida. Era la consigna del P. Pleyton en Madrid hace ya muchos años, verdad que no ha envejecido con el tiempo. Es necesario orar siempre, sin desfallecer, para fortalecer nuestra fe y purificar nuestro deseo.

*Digna tarea la de trabajar por la santidad de la familia y del matrimonio, en nuestro ámbito, y con nuestras posibilidades, con la mirada puesta en la familia de Nazaret. La llena de gracia nos colmará con ese gozo y esperanza propio de los hijos de Dios para tan digna tarea.

*Fátima no anuncia el fin del mundo ni el advenimiento del anticristo, sino el triunfo del Inmaculado Corazón de María, que es la civilización cristiana, sacra porque ordenada a Dios y pacífica, porque está sometida al Hijo eterno de Dios hecho Hombre cuyo nombre es Príncipe de la Paz, como lo recordaba Pío XII en su mensaje radiofónico del 24 de diciembre de 1951. 

*El reconocimiento de la realeza de Jesús, unido a su verdad, va unido a la misión de la Iglesia, y por lo tanto de cada uno de sus miembros. La iglesia se reúne en oración, apesadumbrada por la aparente lejanía del resucitado, en el cenáculo de Jerusalén junto con María la Madre de Jesús, que permanece a la espera de una promesa inefable, la venida del Espíritu Santo.

* El ofrecimiento diario del Apostolado de la Oración por la Iglesia y por el mundo. 

Creo que es la mejor síntesis de lo que he querido transmitir:

Ven Espíritu Santo, inflama nuestro corazón en las ansias redentoras del Corazón de Cristo. Para que ofrezcamos de veras nuestras personas y obras en unión con él por la redención del mundo.

Señor mío y Dios mío Jesucristo, por el Corazón Inmaculado de María, me consagro a tu corazón, y me ofrezco contigo al Padre en tu santo sacrificio del altar, con mi oración y mi trabajo, sufrimientos y alegrías de hoy, en reparación de nuestros pecados y para que venga a nosotros tu reino. 

Pidamos también por el Papa y sus intenciones, por nuestro obispo y sus intenciones, por nuestro párroco y sus intenciones.

San Agustín nos dice

Sed vosotros mismos el canto que vais a cantar.

Os exhorto, hermanos, a alabar a Dios. Pero alabad con todo lo que sois, es decir, que no sólo alabe a Dios vuestra lengua y vuestra voz, sino también vuestra conciencia, vuestra vida, vuestras obras… 

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