2. Visitación de Nuestra Señora (Valtorta)
Contemplación del misterio
«María está entrando en el pueblo. Atardece. Algunas mujeres, en las puertas de las casas, observan la llegada de la forastera y murmuran entre sí. La siguen con la mirada y no se quedan tranquilas hasta que la ven detenerse delante de una de las casas más hermosas, situada en el centro del pueblo.
María se baja del burrito y se acerca a la puerta de hierro. Mira por entre las barras. No ve a nadie. Entonces trata de que la oigan. Tira de una cuerda atada a un extraño objeto que sirve para llamar. Aparece un viejecillo. Debe ser jardinero o labrador. Abre. María pasa. Nada más entrar, dice:
– Soy María de Joaquín y Ana, de Nazaret. Prima de vuestros señores.
El viejecillo inclina la cabeza y saluda, luego da una voz:
-¡Sara! ¡Sara!.
Y abre otra vez la verja para coger el borriquillo, que se había quedado afuera y, mientras lo hace, dice:
-¡Ah… gran dicha y gran desgracia para esta casa! El Cielo ha concedido un hijo a la estéril. ¡Bendito sea por ello el Altísimo! Pero Zacarías volvió de Jerusalén mudo hace ya siete meses. Se hace entender con gestos, o escribiendo. ¿Ha tenido noticia de ello? Mi señora, en medio de esta alegría y este dolor, la ha echado mucho de menos. Siempre hablaba de usted con Sara. Decía: «¡Si estuviese aquí conmigo mi pequeña María…! Si hubiera seguido hasta ahora en el Templo, habría enviado a Zacarías a traerla. Pero el Señor ha querido que fuese la esposa de José de Nazaret. Sólo Ella podría consolarme en este dolor y ayudarme a rezar a Dios, porque todo en Ella es bondad. En el Templo todos la echan de menos y están tristes. La pasada fiesta, cuando fui con Zacarías la última vez a Jerusalén a dar gracias a Dios por haberme dado un hijo, oí de sus maestras estas palabras: «Al Templo parecen faltarle los querubines de la Gloria desde que la voz de María no suena ya entre estas paredes». ¡Sara! ¡Sara! Mi mujer es un poco sorda. Ven, ven, que te llevo yo».
En vez de Sara, aparece, en la parte alta de una escalera una mujer ya muy anciana, llena de arrugas, con el pelo muy canoso, pero que ha debido ser negrísimo. Contrasta en modo extraño, con su visible vejez, su estado, ya muy patente, a pesar de la ropa amplia y suelta que lleva. Mira protegiéndose los ojos de la luz con la mano. Reconoce a María. Levanta los brazos hacia el cielo con una exclamación de asombro y de alegría, y se apresura hacia abajo al encuentro de la recién llegada.
Y María —cuyos movimientos son siempre moderados— esta vez se echa a correr rápida como un cervatillo y llega al pie de la escalera al mismo tiempo que Isabel. Y recibe en su pecho con viva efusión de afecto a su prima, que, al verla, llora de alegría.
Permanecen abrazadas un momento. Luego Isabel se separa con una exclamación de dolor y alegría al mismo tiempo, y se lleva las manos al abultado vientre. Agacha la cabeza, palideciendo y sonrojándose alternativamente. María y el sirviente extienden los brazos para sujetarla, pues ella vacila como si se sintiera mal.
Pero Isabel, después de un minuto de estar como recogida dentro de sí, alza su rostro, tan radiante que parece rejuvenecido, mira a María sonriendo con veneración como si estuviera viendo un ángel y se inclina en un intenso saludo diciendo:
-¡Bendita tú entre todas las mujeres! ¡Bendito el Fruto de tu vientre! (lo dice así, dos frases bien separadas) ¿Cómo he merecido que venga a mí, sierva tuya, la Madre de mi Señor? Sí, ante el sonido de tu voz, el niño ha saltado en mi vientre como jubiloso, y cuando te he abrazado el Espíritu del Señor me ha dicho una altísima verdad en el corazón. ¡Dichosa tú, porque has creído que a Dios le fuera posible lo que posible no aparece a la humana mente! ¡Bendita tú, que por tu fe harás realidad lo que te ha sido predicho por el Señor y fue predicho a los Profetas para este tiempo! ¡Bendita tú, por la Salud que engendras para la estirpe de Jacob! ¡Bendita tú, por haber traído la Santidad a este hijo mío que siento saltar de júbilo en mi vientre como cabritillo alborozado porque se siente liberado del peso de la culpa, llamado a ser el precursor, santificado antes de la Redención por el Santo que se está desarrollando en ti!.
María, con dos lágrimas como perlas, que le bajan desde los risueños ojos hasta la boca sonriente, el rostro alzado hacia el cielo, levantados también los brazos, en la posición que luego tantas veces tendrá su Jesús, exclama:
– Proclama mi alma la grandeza del Señor, / se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; / porque ha mirado la humildad de su esclava. / Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, / porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí: / su nombre es santo, / y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. / Él hace proezas con su brazo: / dispersa a los soberbios de corazón, / derriba del trono a los poderosos / y enaltece a los humildes, / a los hambrientos los colma de bienes / y a los ricos los despide vacíos. / Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia / —como lo había prometido a nuestros padres— / en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.
Al final, con los últimos versículos, María recoge las manos sobre el pecho y se arrodilla muy curvada hacia el suelo adorando a Dios».
(Extractos de Maria Valtorta, «21. La llegada de María a Hebrón y su encuentro con Isabel», en El evangelio como me ha sido revelado, vol. I)
Meditación
«La Palabra de Dios no es una mera expresión literaria; indica un acontecimiento, señala siempre un hecho: la Palabra de Dios es Cristo. Su palabra empieza con la promesa de un acontecimiento. La figura de la Virgen está cargada de memoria —la palabra que caracteriza la vida de su pueblo— y está pendiente de lo que significan los acontecimientos (el anuncio del Ángel, el saludo de Isabel). Por eso, Isabel le dijo lo mejor que se puede decir de una persona: “Dichosa tú porque has creído que lo que te ha dicho el Señor se cumplirá”.
También a cada uno de nosotros, al trasmitirnos la fe, se nos ha dicho que la vida tiene un destino. Cuando nuestro corazón es sincero puede resonar en él la verdad del Magnificat. Cualquier situación por la que pase nuestra vida es causa de agradecimiento en cuanto es camino hacia ese destino donde veremos a Dios.
Al día siguiente de la anunciación, a primera hora de la mañana, la Virgen decidió ir a ayudar a su prima Isabel, pues el Ángel le había dicho que estaba embarazada de seis meses; hizo a pie ciento veinte kilómetros de camino por la montaña, solícita, como dice el Evangelio. También nosotros nos levantamos todas las mañanas y la luz matutina con la que afrontamos cada hora de la jornada es la caridad; la luz matutina de la caridad nos hace sentir ternura hacia todos los hombres, hacia los desconocidos, los hombres hostiles y los extraños que ya no nos resultan ajenos, sino parte de nosotros».
(Luigi Guissani, El Santo Rosario, Madrid, Ediciones Encuentro, 2004)




1. La Anunciación (Valtorta)
2. Visitación de Nuestra Señora (Valtorta)
3. La llegada a Belén (Valtorta)
4. Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo (Valtorta)
5. El anuncio a los pastores (Valtorta)
6. Presentación en el templo (Valtorta)
7. Adoración de los magos (Valtorta)
1. La Resurrección -Aparición a la Virgen María – (Valtorta)
2. Aparición a los discípulos de Emaús (Valtorta)