6. Presentación en el templo (Valtorta)

Contemplación del misterio

«Veo que de una casita modestísima sale una pareja de personas. Por una escalerita externa baja una jovencísima madre con un niño en brazos envuelto en un lienzo blanco. Reconozco a esta Mamá nuestra. Es la misma de siempre: pálida y rubia, grácil y muy fina en todos sus movimientos. Al pie de la escalera la está aguardando José al lado de un burrito pardo. Mira a María y le sonríe. Cuando María llega hasta el burrito, José se pasa las riendas del borriquillo al brazo izquierdo y para que María pueda sentarse mejor en la albardilla del asno, toma un momento al Niño, que duerme tranquilo. Luego le vuelve a dar a Jesús y se ponen en camino.

Los dos esposos hablan poquísimo, pero se sonríen frecuentemente. El camino, que no es ningún modelo de vía, en una campiña desnuda por la estación que corre, se articula en varias direcciones. Algún que otro viajero se cruza con ellos dos, o los alcanza, pero son raros. Luego pueden verse algunas casas y unos muros que recintan una ciudad. Los dos esposos entran en ella por una puerta y comienzan el recorrido por la calzada urbana, hecha de adoquines muy separados. 

El camino es ahora mucho más difícil, ya porque haya un tráfico que en todo momento hace que el burro se detenga, ya porque éste, por las piedras y los agujeros de las piedras que faltan, haga continuamente movimientos bruscos, los cuales incomodan a María y al Niño. José gira a la izquierda y toma una calle más ancha y más bonita. Al fondo de la misma veo el muro almenado que ya conozco. María, al llegar a una puerta en que hay una especie de paradero para otros burros, baja del suyo. 

Tras dejar allí al burro, ambos entran en el recinto del Templo. Se dirigen, primero, hacia un pórtico donde están aquellos a quienes Jesús, pasado el tiempo, pegará egregiamente con un azote, o sea, los vendedores de tórtolas y corderos y los cambistas. José compra dos pichones blancos. No cambia el dinero. Se entiende que tiene ya el que necesita. José y María se dirigen hacia una puerta lateral que tiene ocho escalones. Ésta tiene un gran atrio, como los portales de nuestras casas de ciudad, pero más vasto y ornado. En él, a la derecha y a la izquierda, hay como dos altares. Viene un sacerdote. María ofrece los dos pobres pichones, y yo, que comprendo cuál será su suerte, dirijo la mirada a otra parte. Observo la decoración de la recargadísima puerta, del techo y del atrio. Me parece ver con el rabillo del ojo que el sacerdote asperja a María con agua. Luego María, que junto con los dos pichones había dado un montoncillo de monedas al sacerdote, entra con José en el Templo propiamente dicho, acompañada por el sacerdote. 

Miro a todas partes. Es un lugar decoradísimo. Cabezas de ángeles esculpidas y palmas y ornatos se extienden por las columnas, las paredes y el techo. La luz penetra por unas curiosas ventanas alargadas, estrechas. María se adentra hasta un determinado punto en que se detiene. Unos metros más adelante hay otros escalones y encima hay otra especie de altar, tras el cual hay otra construcción. Ahora me doy cuenta de que no estaba en el Templo, como creía, sino en lo que rodea al Templo propiamente dicho, o sea, al Santo; traspasar su linde, aparte de los sacerdotes, parece que nadie puede hacerlo. Lo que yo creía que era el Templo, por tanto, no es sino un vestíbulo cerrado, que rodea por tres partes al Templo, que custodia el Tabernáculo. 

María ofrece el Niño —que se ha despertado y dirige a su alrededor sus ojitos inocentes, con esa mirada de asombro propia de los niños de pocos días— al sacerdote. Éste lo toma y lo eleva extendiendo los brazos, vuelto hacia el Templo, dando la espalda a esa especie de altar que está encima de aquellos escalones. El rito ha quedado cumplido. 

La Madre recibe de nuevo al Niño y el sacerdote se marcha. Algunos miran curiosos. Entre ellos se abre paso un viejecito que camina encorvado y renco apoyándose en un bastón. Debe ser muy anciano. Se acerca a María y le solicita por un momento al Pequeñuelo. María, sonriendo, se lo concede, y Simeón lo toma y lo besa. Jesús le sonríe con ese gesto mimoso, incierto, de los lactantes. Parece que lo observa curioso, porque el viejecillo llora y ríe al mismo tiempo, y sus lágrimas crean todo un bordado de destellos que se insinúa entre las arrugas y que perla su larga barba blanca hacia la cual Jesús tiende sus manitas. Es Jesús, pero es un niñito pequeñín, y todo lo que se mueve delante de Él atrae su atención, y se le antoja cogerlo para entender mejor lo que es. 

Oigo las palabras del santo anciano y veo la mirada de asombro de José, la mirada emocionada de María, y las de la pequeña multitud (quién se muestra asombrado y emocionado, quién, al oír las palabras del anciano, ríe irónicamente). Entre éstos hay algún barbudo y pomposo miembro del Sanedrín, y menean la cabeza mirando a Simeón con irónica piedad. Deben pensar que ha perdido la razón por la edad. 

La sonrisa de María se difumina en su avivada palidez cuando Simeón le anuncia el dolor. A pesar de que Ella ya lo sepa, esta palabra le traspasa el espíritu. Se acerca más a José, María, buscando consuelo; estrecha con pasión a su Niño contra su pecho, y bebe, como alma sedienta, las palabras de Ana, la cual, siendo mujer, siente compasión de su sufrimiento y le promete que el Eterno le mitigará con sobrenatural fuerza la hora del dolor: 

– Mujer, a Aquel que ha dado el Salvador a su pueblo no le faltará el poder de otorgar el don de su ángel para confortar tu llanto. Nunca les ha faltado la ayuda del Señor a las grandes mujeres de Israel, y tú eres mucho más que Judith y que Yael. Nuestro Dios te dará corazón de oro purísimo para aguantar el mar de dolor por el que serás la Mujer más grande de la creación, la Madre. Y tú, Niño, acuérdate de mí en la hora de tu misión».

(Extractos de Maria Valtorta, «32. Presentación de Jesús en el Templo. La virtud de Simeón y la profecía de Ana», en El evangelio como me ha sido revelado, vol. I)

Meditación

«Todos los judíos identificaban la majestad de Dios con la magnificencia del templo de Jerusalén. Ocho días después, cuando la Virgen fue al templo para ofrecer a su Primogénito, ciertamente se sentiría como anonadada por la grandeza y la majestad de Dios. Pero dentro de esa percepción de la grandiosidad del templo penetraba en ella y prevalecía un sentimiento: la inmensidad de Dios era ese Niño que tenía en sus brazos, era su Niño que lloraba, era el Niño al que amamantaba. Al ver de dónde hizo nacer Dios el factor decisivo de la historia y del mundo, que divide el mundo en dos como dirá el viejo Simeón, se queda uno sin habla. Se trata de una propuesta ante la cual se parte en dos el corazón del hombre y se divide en dos el corazón de todos los hombres. Al ver de dónde nació Aquel sobre el cual las puertas del infierno no prevalecerán, Aquel que es una fuerza humana incomparable, viendo de dónde surgió, se queda uno petrificado por la sorpresa.

Lo demás lo pueden comprender todos los hombres -lo llaman sentido religioso-, pero este acontecimiento es del todo impensable, imprevisible, nuevo, total y verdaderamente inconmensurable: Dios formando parte de nuestra experiencia, de lo que nuestro “yo” experimenta, de la experiencia de maternidad de la Virgen, de la experiencia de cada acción que realizamos».

(Luigi Guissani, El Santo Rosario, Madrid, Ediciones Encuentro, 2004)

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