4. Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo (Valtorta)

Contemplación del misterio

«El fueguecillo se adormila junto con su guardián. María levanta lentamente la cabeza de su lecho y mira. Ve que José tiene la cabeza reclinada sobre el pecho como si estuviera meditando […] Luego, con menos ruido del que puede hacer una mariposa posándose en una rosa, se sienta, para después arrodillarse. Ora con una sonrisa beatífica en su rostro. Ora con los brazos extendidos casi en cruz, con las palmas hacia arriba y hacia adelante… y no parece cansarse de esa posición molesta. Luego se postra con el rostro contra el heno, adentrándose aún más en su oración; y la oración es larga […] 

Un rayo de luna se insinúa a través de una grieta de la techumbre. Parece un hilo de incorpórea plata que buscase a María. Se alarga a medida que la Luna va elevándose en el cielo y, por fin, la alcanza. Ya está sobre la cabeza de la orante, nimbándosela de candor. 

María levanta la cabeza como por una llamada celeste y se yergue hasta quedar de nuevo de rodillas. ¡Oh, qué hermoso es este momento! Ella levanta la cabeza, que parece resplandecer bajo la luz blanca de la Luna, y una sonrisa no humana la transfigura. ¿Qué ve? ¿Qué oye? ¿Qué siente? Sólo Ella podría decir lo que vio, oyó y sintió en la hora fúlgida de su Maternidad. Yo sólo veo que en torno a Ella la luz aumenta, aumenta, aumenta; parece descender del Cielo, parece provenir de las pobres cosas que están a su alrededor, parece, sobre todo, que proviene de Ella. 

Su vestido, azul oscuro, parece ahora de un delicado celeste de miosota; sus manos, su rostro, parecen volverse azulinas, como los de uno que estuviera puesto en el foco de un inmenso zafiro pálido. Este color […] se va extendiendo progresivamente sobre las cosas, y las viste, las purifica, las hace espléndidas. 

El cuerpo de María despide cada vez más luz, absorbe la de la luna, parece como si Ella atrajera hacia sí la que le puede venir del Cielo. Ahora ya es Ella la Depositaria de la Luz, la que debe dar esta Luz al mundo. Y esta beatífica, incontenible, inmensurable, eterna, divina Luz que de un momento a otro va a ser dada, se anuncia con un alba, un lucero de la mañana, un coro de átomos de luz que aumenta, aumenta como una marea, sube, sube como incienso, baja como una riada, se extiende como un velo… 

La techumbre, llena de grietas, de telas de araña, de cascotes que sobresalen en precario equilibrio, esa techumbre negra, ahumada, repelente, parece la bóveda de una sala regia. Los pedruscos son bloques de plata; las grietas, reflejos de ópalo; las telas de araña, preciosísimos baldaquinos engastados de plata y diamantes […]

Las paredes están recubiertas de un brocado en que el recamo perlino del relieve oculta el candor de la seda. Y el suelo… ¿Qué es ahora el suelo? Es un cristal encendido por una luz blanca; los salientes parecen rosas de luz arrojadas […] como obsequio; los hoyos, cálices valiosos de cuyo interior ascenderían aromas y perfumes. 

La luz aumenta cada vez más. El ojo no la resiste. En ella desaparece, como absorbida por una cortina de incandescencia, la Virgen… y emerge la Madre.

Sí. Cuando mi vista de nuevo puede resistir la luz, veo a María con su Hijo recién nacido en los brazos. Es un Niñito rosado y regordete, que gesticula, con unas manitas del tamaño de un capullo de rosa; que menea sus piececitos, tan pequeños que cabrían en el corazón de una rosa; que emite vagidos con su vocecita trémula, de corderito recién nacido, abriendo una boquita que parece una menudita fresa de bosque, y mostrando una lengüecita temblorosa contra el rosado paladar; que menea su cabecita, tan rubia que parece casi desprovista de cabellos, una cabecita redonda que su Mamá sostiene en la cavidad de una de sus manos, mirando a su Niño, adorándolo, llorando y riendo al mismo tiempo… Y se corva para besarlo, no en la inocente cabeza, sino en el centro del pecho, sobre ese corazoncito que palpita, que palpita por nosotros… en donde un día se abrirá la Herida. Su Mamá se la está curando anticipadamente, con su beso inmaculado. 

El buey se ha despertado por el resplandor, se levanta haciendo mucho ruido con las pezuñas, y muge. El asno vuelve la cabeza y rebuzna. Es la luz la que los saca del sueño, pero me seduce la idea de pensar que hayan querido saludar a su Creador, por ellos mismos y por todos los animales. 

Y José, que, casi en rapto, estaba orando tan intensamente que era ajeno a cuanto le rodeaba, también torna en sí, y por entre los dedos apretados contra el rostro ve filtrarse la extraña luz. Se descubre el rostro, levanta la cabeza, se vuelve. El buey, que está en pie, oculta a María, pero Ella le llama: «José, ven» […] Junto a la cama para el ganado los dos esposos se encuentran, y se miran llorando con beatitud. 

– Ven, que ofrecemos a Jesús al Padre – dice María. 

José se pone de rodillas. Ella, erguida, entre dos troncos sustentantes, alza a su Criatura en sus brazos y dice: 

– Heme aquí —por Él, ¡oh Dios!, te digo esto—, heme aquí para hacer tu voluntad. Y con Él yo, María, y José, mi esposo. He aquí a tus siervos, Señor, para hacer siempre, en todo momento y en todo lo que suceda, tu voluntad, para gloria tuya y por amor a Ti».

(Extractos de Maria Valtorta, «29. Nacimiento de Jesús. La eficacia salvadora de la divina maternidad de María», en El evangelio como me ha sido revelado, vol. I)

Meditación

«Yo creo que el impacto más inmediato frente a este mensaje, en el cual se funda el significado mismo de la vida, es esta pregunta: ¿pero cómo es posible que Dios pudiera convertirse en presencia humana, un hombre entre nosotros, y los suyos […] no lo reconocieran? No lo reconoció ni siquiera el pueblo de Israel, que a diferencia del resto, tenía conciencia de que algo debía suceder; y no lo reconocieron el resto de los hombres, que a pesar de la imprecisión de su corazón, sentían la exigencia de la salvación, que es la característica más común y universal de la vida humana. ¿Cómo puede suceder que Dios se haya hecho hombre y que los hombres no lo reconozcan? 

Una semilla en la tierra no se reconoce a simple vista, no se distingue de los otros trozos de tierra porque una semilla en la tierra es como un granito de tierra. Y el Señor ha entrado en el mundo como una semilla en la tierra. El estupor y el estremecimiento que hemos experimentado en Nazaret frente a la gruta de la Anunciación […], es que todo ha sucedido sin ningún barullo humano. Todo el pueblo judío […] esperaba al Mesías como algo llamativo; como alguien excepcional que habría traído la justicia al mundo. Toda la mentalidad de entonces estaba determinada por la imagen de un acontecimiento milagroso. […] ¿Quién habría podido imaginar que esto sucedería en el seno de una joven muchacha? […]

[…] Esta semilla irrumpe al principio de forma aparentemente imperceptible, pero después, tras dos mil años, hemos sido alcanzados humana, razonable y afectivamente; alcanzados y transformados sobre todo en la mentalidad. […]

Debemos tener bien presente este método que Dios ha usado en nuestra experiencia. […] Pero es justamente el método que ha usado Dios viniendo al mundo, haciéndose una realidad absolutamente imperceptible en su valor. ¿Quién la ha disfrutado? Los pastores, los Reyes Magos. ¿Quién la ha constatado? Los pocos que tuvieron la percepción, la sensación de una novedad radical de lo que había dentro de aquel hecho. Pero esto también era gracia».

(Luigi Giussani, «Belén», en Luigi Amicone, Tras las huellas de Cristo. Viaje a Tierra Santa con Luigi Giussani, Madrid, Asociación Construyendo Puentes / Ediciones Encuentro, 2009, pp. 123-127)

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