3. La llegada a Belén (Valtorta)

Contemplación del misterio

«Vuelven al camino. Salvan una prominencia del terreno desde la que se ve una depresión más vasta limitada por delicadas pendientes. En la cuenca y arriba y abajo por las laderas hay casas y más casas: es Belén. 

– Estamos en la tierra de David, María. Ahora podrás descansar. Te veo muy cansada… 

– No. Estaba pensando… estoy pensando… 

María le coge la mano a José y, sonriendo con beatitud, le dice: 

– Tengo la firme impresión de que ha llegado el momento. 

– ¡Dios de misericordia! ¿Qué hacemos? 

– No te preocupes, José. Permanece firme. ¿No ves lo tranquila que estoy yo? 

– Pero estás sufriendo mucho. 

– ¡Oh! ¡No! Estoy llena de gozo. Siento un júbilo tal, tan fuerte, tan hermoso, tan incontenible, que mi corazón late fortísimamente y me dice: «¡Va a nacer! ¡Va a nacer!». Lo dice en cada latido. Es mi Niño, que llama a mi corazón y me dice: «Mamá, estoy aquí, vengo a darte el beso de Dios». ¡Oh, qué alegría, José mío! 

José, sin embargo, no está jubiloso. Piensa más bien en la urgencia de encontrar un lugar donde ampararse, y acelera el paso. Puerta por puerta lo solicita… Nada. Todo lleno. Llegan a la posada… Está llena, incluso con gente prácticamente al raso bajo el rústico pórtico que rodea el vasto patio interior. 

José deja a María montada en su burrito, dentro del patio, y sale para buscar en las otras casas. Vuelve desconsolado. No hay ningún sitio. El rápido crepúsculo invernal comienza a extender sus velos. José le suplica al posadero, suplica a los que han venido de fuera: ellos son hombres, y están sanos; aquí hay una mujer que está para dar a luz a un hijo; que tengan piedad… Nada. Un rico fariseo, que los está mirando con desprecio manifiesto, cuando María se acerca, se separa como si hubiera sido una leprosa la que se hubiera acercado. José le mira, y se le enciende de indignación el rostro. María le pone una mano en su muñeca, para calmarlo y le dice: 

– No insistas. Vamos. Dios proveerá.

 Salen. Siguen el muro de la posada. Tuercen por una callejuela encajonada entre aquélla y unas casas pobres. Giran hacia la parte de atrás de la posada. Buscan. Hay una especie de grutas. Por lo bajas que son y lo húmedas que están, diría que más que establos son bodegas. Las más lindas ya están ocupadas. José siente caérsele el alma a los pies. 

-¡Eh! ¡Galileo! -le grita por detrás un viejo- Allí, en el fondo, bajo aquellas ruinas, hay una guarida. Quizás todavía no se ha metido nadie. 

Se apresuran hacia el lugar señalado. Es realmente una guarida. Entre las ruinas de lo que sería un edificio, hay una abertura; dentro, una gruta, más que una gruta una cavidad excavada en el monte. 

Diríase que son los cimientos de la antigua construcción, cuyos restos derrumbados, apuntalados con troncos de árbol casi sin desbastar, hacen de techo. 

Para ver mejor, puesto que hay poquísima luz, José trae yesca y piedra de chispa, y enciende una lamparita que ha sacado del talego que lleva cruzado al pecho. Entra. Un mugido le saluda. 

– Ven, María; está vacía, sólo hay un buey -José sonríe- ¡Mejor que nada…!. 

María baja del burrito y entra.

José ha colgado la lamparita de un clavo que está hincado en uno de los troncos de sostén. Se ve la techumbre llena de telas de araña, y pajas esparcidas por todo el suelo […] En la parte del fondo, un buey, con heno colgándole de la boca, se vuelve y mira con ojos tranquilos. Hay un tosco taburete y dos piedras en un ángulo ennegrecido […] 

María se acerca al buey. Tiene frío. Le pone las manos sobre el cuello para sentir su calorcillo. El buey muge; se deja. Parece como si hubiera comprendido. Se deja también cuando José lo separa un poco para coger abundante heno del pesebre y preparar un lecho a María […] 

María, sentada en el taburete, cansada, mira sonriente. Ya está. María se dispone mejor sobre el mullido heno, con los hombros apoyados en un tronco. José termina de aparejar la estancia extendiendo su manto como si fuera una cortina en la apertura que hace de puerta […] Luego le ofrece a la Virgen pan y queso, y le da a beber agua de un boto. 

– Duerme ahora -le dice- Yo velaré, para que la lumbre no se apague».

(Extractos de Maria Valtorta, «28. La llegada a Belén», en El evangelio como me ha sido revelado, vol. I)

Meditación

«Lo que importa […] es el impacto que el corazón de María sintió en aquel momento, la conmoción que sentiría cuando tomaba conciencia de lo que había sucedido, de lo que tenía junto a ella (porque tomaba cada vez más conciencia, como dice el Evangelio: la Virgen guardaba todo lo que había sucedido en su corazón). […] Aunque la Virgen viviera de esta meditación continua […] lo que ocurrió superaba su espera consciente, era algo que no correspondía en primer lugar a esa espera, era un hecho que la excedía: era una presencia que entraba en el mundo […] 

De aquí se extrae una consecuencia: […] la certeza y la plenitud de nuestra persona no nacen de lo que hacemos –que nos produce una satisfacción efímera–; certeza y plenitud vienen de lo que nos ha sucedido y que nos lleva al gozo y a la alegría.

En la raíz del gozo y de la alegría está la palabra “ternura”. La Navidad es el misterio de la ternura, de la ternura de Dios hacia mí. Ternura que no significa contentarse con el sentimiento de Dios o de Cristo, porque contentarse con el sentimiento que experimento sigue siendo […] quedarse en lo que hacemos nosotros. Ternura no es quedarse en un sentimiento, sino abandonarse a Otro, ser aferrados por el amor que Él nos tiene, cautivados por la Presencia de lo que ha ocurrido, pertenecer a Aquel que nos ha alcanzado […]

Pero quiero que fijéis la atención justamente en la palabra “ternura”, porque este ensimismamiento de Dios con nuestra carne, esta encarnación del Verbo, esta identificación del Misterio con nuestra humanidad, esta carne divina que viene a mi lado, este Hombre como nosotros, supone una ternura desmedida, mil veces más profunda y penetrante que el abrazo de un hombre a su mujer, de un hermano a su hermano».

(Luigi Giussani, «Navidad: el misterio de la ternura de Dios». Apuntes de una meditación de Luigi Giussani en un retiro de los Memores Domini, Pianazze, 6 de enero de 1974)

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