1. La Anunciación (Valtorta)

Contemplación del misterio

«Hay un gran silencio en la casita y en el huerto. Y mucha paz, tanto en la cara de María como en el espacio que la rodea. Paz y orden. Todo está limpio y ordenado […]

María comienza a cantar en voz baja. Luego alza ligeramente la voz. No llega al pleno canto, pero su voz ya vibra en la habitación, sintiéndose en aquélla una vibración del alma […] 

Deja sobre su regazo sus manos, y con ellas el hilo y el huso, y levanta la cabeza para apoyarla en la pared, hacia atrás. Su rostro está encendido de un lindo rubor; los ojos, perdidos tras algún dulce pensamiento, brillantes por un golpe de llanto, que no los rebosa pero sí los agranda. Y, a pesar de todo, los ojos ríen, sonríen ante ese pensamiento que ven y que los abstrae de lo sensible. Resaltando de su vestido blanco sencillísimo, circundado por las trenzas, que lleva recogidas como corona en torno a la cabeza, el rostro rosado de María parece una linda flor. 

El canto pasa a ser oración: 

– Señor Dios Altísimo, no te demores más en mandar a tu Siervo para traer la paz a la tierra […] Ven, ven, Espíritu del Señor. Ven a los fieles tuyos que te esperan. ¡Ven, Príncipe de la Paz!… 

María se queda así ensimismada… 

La cortina late más fuerte, como si alguien la estuviera aventando con algo o quisiera descorrerla. Y una luz blanca de perla fundida con plata pura hace más claras las paredes tenuemente amarillentas, hace más vivos los colores de las telas, más espiritual el rostro alzado de María. 

En la luz se prosterna el Arcángel. […] ¿De qué carne está compuesta esta figura bellísima y fulgurante? ¿Con qué sustancia la ha materializado Dios para hacerla sensible a los sentidos de la Virgen? […] Es una luz que ha tomado color de carne, de ojos, de cabellera, de labios, una luz que se mueve y sonríe y mira y habla. 

– ¡Salve, María, llena de Gracia, salve! – La voz es un dulce arpegio como de perlas chocadas contra un metal precioso. 

María se estremece y baja la mirada. Su estremecimiento aumenta cuando ve a la fúlgida criatura arrodillada aproximadamente a un metro de distancia de Ella, con las manos cruzadas sobre el pecho, mirándola con una veneración infinita. 

María, repentinamente, se pone en pie y aprieta su cuerpo contra la pared. Palidece y se ruboriza alternativamente. Su rostro expresa estupor y turbación. Inconscientemente aprieta sus manos contra el pecho escondiéndolas en las anchas mangas. Se recoge sobre sí misma como queriendo esconder lo más posible su cuerpo: un acto de delicado pudor. 

– No. No temas. ¡El Señor está contigo! ¡Bendita tú entre todas las mujeres! 

A pesar de estas palabras, María sigue sobrecogida. ¿De dónde viene ese ser extraordinario? ¿Es un enviado de Dios, o del Engañador? 

– ¡No temas, María! – insiste el Arcángel – Yo soy Gabriel, el Ángel de Dios. Mi Señor me ha enviado a ti. No temas, porque has hallado gracia ante Dios. Tú concebirás en tu seno y darás a luz un Hijo, y le pondrás por nombre «Jesús». Será grande, será llamado Hijo del Altísimo, y verdaderamente lo será. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y reinará para siempre en la casa de Jacob, y su Reino no tendrá fin. Comprende, santa Virgen amada del Señor, Hija bendita suya, llamada a ser Madre de su Hijo, comprende qué Hijo vas a engendrar. 

– ¿Cómo puede suceder esto si no conozco varón? ¿Acaso el Señor ya no acoge el ofrecimiento de su sierva? ¿Es que ya no quiere que sea virgen por amor a Él? 

– No vas a ser madre por obra de varón, María. Tú eres la eterna Virgen, la Santa de Dios. El Espíritu Santo descenderá sobre ti y la potencia del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso, Santo se llamará el que nacerá de ti, e Hijo de Dios. Todo lo puede el Señor, Dios nuestro. Isabel, la estéril, en su vejez ha concebido un hijo que será el Profeta de tu Hijo, el que preparará sus caminos. El Señor la ha liberado de su oprobio y su memoria quedará en las gentes ligada a tu nombre, como el nombre de su hijo al de tu Hijo Santo, y hasta el final de los siglos las gentes os llamarán bienaventuradas por la gracia del Señor que habéis recibido, y a ti especialmente, María, porque habrán recibido la Gracia por medio de ti. Isabel está ya en su sexto mes, y su peso, paradójicamente, la regocija, y más aún la regocijará cuando conozca el motivo de tu gozo. Para Dios nada hay imposible, María, llena de Gracia. ¿Qué debo responderle a mi Señor? No te turbe ningún tipo de pensamiento. Él custodiará tus intereses si te pones en sus manos. ¡El mundo, el Cielo, Dios eterno esperan tu respuesta!

María, cruzando a su vez sus manos sobre el pecho e inclinándose con gesto reverente dice: 

– He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según su palabra. 

El Ángel resplandece de alegría y se pone en actitud adorante, puesto que, sin duda, ve al Espíritu de Dios descender sobre la Virgen, inclinada en gesto de adhesión; luego desaparece sin mover la cortina, dejándola cerrada cubriendo el Misterio santo».

(Extractos de Maria Valtorta, «16. La Anunciación», en El evangelio como me ha sido revelado, vol. I)

Meditación

«Las palabras del Ángel podían embargar de asombro y humildad a la joven a la que se dirigían. Sin embargo, no le resultaron del todo incomprensibles; tenían algo que el alma de esa muchacha, acostumbrada a vivir sus deberes religiosos, podía comprender. La Virgen las acogió: «He aquí la sierva del Señor. Hágase en mí según tu palabra». No porque comprendiera del todo, sino porque en medio de la confusión que crecía desmesuradamente ante el anuncio de que el Misterio habitaría en su carne, la Virgen abrió sus brazos, abrió su libertad y dijo: «Sí». Y permaneció vigilante todos los días de su vida, alerta en cada instante.

El ánimo de la Virgen, ese estado del alma que provoca una actitud y opta por ella ante las circunstancias y el tiempo, no se puede definir mejor que con la palabra ‘silencio’. El silencio vivido como plenitud de la memoria. Dos factores contribuían a esa memoria, dos hechos determinaban su silencio. Lo primero era el recuerdo del anuncio. Lo que había sucedido conservaba intacto su carácter asombroso, su verdadero misterio, su verdad misteriosa porque – y esto es lo segundo – tenía continuidad en algo presente: ese Niño, ese joven que estaba a su lado, ese Hijo que estaba presente ante ella».

(Luigi Guissani, El Santo Rosario, Madrid, Ediciones Encuentro, 2004)

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